
Ayer llegue a casa muy tarde, ese tuvo que haber sido el problema. Hacía mucho calor, más que lo habitual, y todas las ventanas cerradas.
Nada de comer, como siempre, y todo desordenado. Lo peor eran las ratas, estaban por todas partes. Nunca había visto una en mi casa, pero esta vez eran cientos, miles. Tuve que caminar con cuidado para no pisarlas, se amontonaban en las esquinas, en los muebles, debajo de la escalera.
Las ratas son realmente repugnantes, sobre todo éstas: grandes, grises y de colas largas.
El día había sido demasiado agotador y el sueño me impedía pensar en otra cosa que no sea dormir.
Entré a mi habitación, también infestada de roedores. Me quité el saco y los zapatos y bajé nuevamente para apagar las luces; pisé un par de ratas camino a la cocina.
Guardé las llaves del carro y apagué las luces del pasillo, claro que antes de apagarlas me aseguré de cerrar bien la puerta que da a la calle y las ventanas, no se fuera a meter una rata o algo parecido.
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